Es realmente Él
Jesús, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación se ha dejado clavar a la cruz, ¡ha resucitado! Este anuncio, frente al que se encontraron por primera vez las mujeres que fueron al sepulcro, nos alcanza hoy con la misma viveza de entonces: ¡Cristo verdaderamente ha resucitado y vive!
En el Evangelio, sobre todo en las lecturas que la liturgia nos propone en tiempo de Pascua, se relatan algunas apariciones de Cristo resucitado. En los cincuenta días entre su resurrección y su definitiva ascensión al Padre (cf. Hch 1, 3), se aparece a individuos y a grupos, en situaciones y lugares diferentes, en Galilea y en Judea, dentro de las casas o al aire libre, a lo largo de un camino o en la orilla del lago. ¿Por qué se aparece Jesús? ¿No hubiera podido confiar el anuncio de su resurrección sólo a los ángeles? Por otro lado, ya lo había dicho varias veces a sus apóstoles y ahora la tumba vacía podía ser suficiente como prueba histórica de lo que les había preanunciado. En cambio Jesús se muestra, se deja ver, tocar, come una vez más con los suyos…. Él se aparece para darles el testimonio inequívoco que realmente Él que habían visto morir en la cruz, justo él que aún llevaba el signo de los clavos y la herida del costado, ahora está vivo y ya no muere más. Y comienza a estar presente de una forma nueva en su vida.
Como dice Jean Danielou, «la vida del cuerpo resucitado de Cristo es misteriosa» (J. Danielou, La resurrección, Cantagalli, Siena 2008, 54). Ante todo él ya no está sujeto al tiempo ni al espacio. En su cuerpo resucitado el espíritu domina ya enteramente la materia. Queda corpóreo como antes, pero puede sustraerse a la vista (cf. Lc 24, 31), puede pasar a través de paredes o puertas cerradas (cf. Jn 20, 26): la materia no es anulada, pero es totalmente al servicio del espíritu. Nadie ha asistido a la resurrección, muchos en cambio han visto a Cristo resucitado y nuestra fe se basa en primera instancia en el testimonio de aquellos que han visto y tocado. Desde este punto de vista, la resurrección es un hecho histórico que nadie puede negar. Incluso un racionalista protestante como Strauss admitía en el siglo XIX: «El formidable cambio de dirección, que de la profunda depresión y total desesperación causada por la muerte de Jesús llevó a la fuerza de la fe y al entusiasmo con el que los primeros discípulos lo anunciaron como Mesías, no se podría explicar si entre medio no se hubiera producido un acontecimiento excepcionalmente alentador » (D. F. Strauss, Das Leben Jesu kritisch bearbeitet, II, Tubinga 1840, 631-632).
Las mujeres, los apóstoles, los discípulos y los amigos de Jesús no hubieran sido capaces de producir un acontecimiento similar. No hubieran podido inventar la fe en el Resucitado. Sobre todo, una mentira construida artificiosamente no hubiera tenido la fuerza de mover hombres y mujeres tan simples y poco preparados a recorrer los caminos del mundo entero para dar testimonio, aún a costa de su misma vida, la verdad de Jesús presente. Por lo tanto es «el Resucitado que personalmente suscita la fe» (D. Bonhoeffer, Cristología, Queriniana, Brescia 1990, 54). Nuestra certeza no se funda en los relatos de visionarios o crédulos, si no sobre el abrumador testimonio de personas que han visto a Jesús resucitado, que han estado con él, incluso han comido con él, han escuchado su voz, han hecho experiencia de su mirada llena de misericordia, de paz, de perdón y se dieron cuenta que aquello que habían vivido con él estaba destinado a no acabar, a involucrar cada vez más personas. Y era posible vivir juntos como él había enseñado porqué él mismo continuaba a estar presente: donde dos o tres están congregados en mi nombre, allí yo estoy en medio de ellos. (Mt 18,20). Id pues y amaestrad todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que os he mandado. He aquí que yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo (Mt 28, 1920).
Si Jesús está con nosotros, si él está vivo en medio de nosotros, entonces nuestra fe, que nace del testimonio de los apóstoles, puede fundarse también sobre una experiencia personal. Él, después de la resurrección, no se apareció a todos, si no a algunos testigos elegidos. Este es el método de Dios: él elije algunos para llegar a todos. Así también nosotros hoy somos los testigos que él envía al mundo para anunciar con nuestra vida que él está vivo, que la muerte y el mal no son la última palabra. Él ha vencido la muerte y, si nos abrimos a la luz de su redención, dona también a nosotros de resucitar ya desde ahora de todas nuestras muertes cotidianas. Jesucristo, que ha asumido nuestra entera humanidad, nuestras miserias, nuestra debilidad hasta morir como cualquier otro hombre, con su resurrección ha abierto de par en par a cada uno de nosotros la vida de Dios que nunca termina. Él es nuestra Pascua, dice San Pablo. Lo que ha acontecido en él es el destino de todo hombre que en él confía. Somos una “nueva masa” – continua el Apóstol (cf. 1Cor 5,7). Dentro de nuestra naturaleza impregnada de pecado y de tinieblas Jesús ha metido una nueva levadura capaz de renovar nuestra vida desde dentro. Sólo Dios podía hacernos este don. El hombre, con toda su inteligencia, con toda su fuerza, con todo su deseo, no podía mover la piedra que cerraba como en un sepulcro su vida.
Publicado en ilsussidiario.net
(Foto Kotchka Images)
El sacrificio de Abraham
El lugar que cada uno ocupará en la historia del mundo lo decide Dios y no nosotros. Y aquello que Dios decide es la modalidad más segura para la fecundidad de nuestra vida.
Esto es una gran paradoja, pero puede ser iluminada pensando en la figura de Abraham y al sacrificio que Dios le pide, relatado en el capitulo XXII del Génesis. Dios le pide a Abraham que la promesa de una generación “más numerosa de las estrellas del cielo” pase a través del sacrificio del único hijo: esta es la paradoja extrema, que encierra en sí todas las demás paradojas por las que Dios nos hace pasar.
Dios en realidad no le pide a Abraham de matar a Isaac, pero le pide la disponibilidad del hijo, o sea que para el hijo se cumpla lo que quiere Dios y no lo que quiere él. En el corazón del hombre habita la irresistible tentación de apoderarse de los que Dios le regala. Isaac representa para Abraham una promesa y el contenido de esta promesa había entrado en la sicología de Abraham. Un hijo esperado por décadas que, finalmente, nace: la tentación de considerar aquel hijo como propiedad exclusiva es inmensa. Más en general, cuando se ha tenido que sufrir tanto para obtener una cosa determinada, ¿cómo es posible vivir el desapego de ella?
El desapego. Esta es la enseñanza que Dios quiso dar a Abraham, en línea con toda la enseñanza de que Dios ha dado a Israel. El plan de Dios, que es universal, y por lo tanto se sirve de todo, tiene una intención muy clara, que es educar a la persona. Educarla, es decir desprenderla de la forma más sutil de idolatría que no es adorar el ídolo, si no es adorar como ídolo aquello que nos ha dado Dios. La profundidad de la idolatría radica en el hecho de que es eminentemente natural. La tentación de hombre de percibir como proprio lo que le ha dado Dios como don, pertenece a la misma naturaleza herida del hombre. Por esto es necesaria la experiencia del sacrificio. Lo que don Giussani llama la “distancia”. Entrar en otro mundo dentro de este mundo.
La fatiga que hacemos a comprender todo lo que he dicho hasta ahora viene del hecho que pensamos que la trama de la vida la tiene el hombre en sus manos. Tenemos que volver a la raíz del yo, el hecho que es criatura, a la paternidad de Dios. La cuestión más urgente hoy en día, como lo señala el Papa, es la cuestión de Dios: la vida del hombre es la expresión de un diseño positivo del que nosotros no somos capaces de llevar todas las riendas.
El hilo conductor de la existencia es algo que Dios se encarga continuamente de retomar en su mano: es la complejidad de su obra. Por lo tanto, es importante estudiar la Escritura y estudiar la historia de la Iglesia a la luz de la Escritura, descubriendo la profunda continuidad entre el modo en que Dios actuó con Israel y el modo como actúa en la Iglesia. Verdaderamente la historia de la Iglesia es el testimonio de que Dios entreteje continuamente su tela y lo hace a través de todas las debilidades y las grandezas de los hombres.
[En la imagen, Marc Chagall, «Abraham e Isaac en el camino hacia el lugar del sacrificio», (1931)]
El compañero de camino
Una de las palabras que el nuevo Papa Francisco ha empleado más es sus primerísimos discursos, y que enseguida me quedó fijada en la mente, ha sido la palabra “camino”. Desde el balcón sobre plaza San Pedro, cuando lo encontramos por primera vez, nos dijo: “Y ahora empezamos este camino: Obispo y pueblo. Este camino de la Iglesia de Roma, que es la que preside en la caridad todas las Iglesias. Un camino de fraternidad, de amor, de confianza entre nosotros. Recemos siempre por nosotros: el uno por el otro. Recemos por todo el mundo, para que haya un gran fraternidad. Os deseo que este camino de Iglesia, que hoy empezamos…”.
También en su primera homilía el Papa nos ha repetido esta palabra. Ha dicho “Caminar: nuestra vida es un camino y cuando nos paramos, la cosa no funciona. Caminar siempre, a la presencia del Señor, a la luz del Señor, buscando vivir con aquella intachabilidad que Dios pedía a Abraham, en su promesa”.
Este “caminar a la presencia del Señor” es justamente la pedagogía de la Semana Santa, que encuentra su apogeo en la victoria de Cristo sobre la muerte y nos orienta hacia nuestro destino último: sentarnos con Cristo a la derecha del Padre. No es una casualidad que esta semana, la más rica y llena de significado de todo el año litúrgico, empiece con una procesión, un caminar juntos físicamente en el Domingo de Ramos.
Varias veces he podido asistir a esta gran procesión del Domingo de Ramos en Tierra Santa, saliendo de la Iglesia Franciscana de Bètfage – pueblo indicado en el Evangelio de Marcos como el lugar donde Jesús empezó su camino hacia Jerusalén sobre un potro (Mc 11,1) – y llegando a la ciudad vieja, en el patio de una iglesia que está justo en las afueras del Haram Ash-Sharif, donde se encontraba en aquel tiempo el Templo de Jerusalén. Es una procesión más bien larga y, si el sol pega, incluso fatigosa. Pero es al mismo tiempo una ocasión de alegría y de unidad por la comunidad cristiana local, que toma coraje al verse tan numerosa junto a muchos peregrinos.
La belleza de este acontecimiento anual en Tierra Santa, sin embargo, no está tanto en el encontrarse juntos, sino justamente en caminar junto al pastor del rebaño, el Patriarca Latino de Jerusalén. Sin él, no sería realmente un caminar juntos: es su presencia que expresa la motivación de nuestra presencia. Es él que representa y se convierte en signo especial del único hombre que nos hace a todos una “hermandad”, como ha dicho el Papa: Jesús, el Señor.
Esta es por tanto la gran lección de la Semana Santa y, al final de toda la vida cristiana. Es la toma de conciencia de la compañía de la única presencia que transforma nuestra vida de una farsa o una tragedia en una aventura humana que vale la pena. Sí, la vida es un viaje, pero es sólo Él, descubierto a nuestro lado, que nos ofrece la conciencia de la finalidad, ya vislumbrada, ya encontrada, ya presentida.
Me ha sucedido a veces de estar delante de una persona oprimida por el sentimiento de derrota e incapaz de afrontar la fatiga del camino. Entonces lo que hago es hacerle esta pregunta: Si te fueras de vacaciones en el lugar más bello del mundo, con la comida más sabrosa, la mejor salud y las habitaciones de hotel más confortables, pero tu compañero de viaje fuera la persona realmente equivocada, ¿cómo sería? Feo, ¿no es verdad?
Y si, al contrario, en un viaje todo saliera mal (conexiones perdidas, lugares decepcionantes, tiempo horrible y un ataque de virus al estomago), pero lo hicieras en compañía de una persona amiga, con la que es un alegría estar, ¿cómo sería? Una bonita aventura, complicada pero llena de risas, ¿o no? Pues entonces es la compañía la que hace la vida, no la presencia o la ausencia de hechos desagradables.
En el camino de esta Semana Santa habrá momentos de gracia, de sublime compartir y de amistad por parte del Señor. Al mismo tiempo habrá traición, pecado, miedo, tortura, sangre y muerte. Y luego habrá una gloria que nos dejará boquiabiertos y sin palabras. Pero, ante todo, es un viaje en el que tomamos conciencia de alguien con quien vale la pena caminar, cualquiera que sea el lugar donde nos lleve este camino; tanto que podemos estar, con él, ya ciertos del destino. Como dice el Papa Francisco, es un camino, un camino de hermanos que han descubierto su destino común en el compañero de camino que es el protagonista de todos los acontecimientos.
En la fotografía: una Via Crucis con el pueblo de Kahawa Sukari (Nairobi, Kenya).
Silencio y oración

Queridos Amigos,
El anuncio con el que el Papa ha comunicado a la Iglesia su decisión de renunciar al ministerio petrino nos ha llenado de silencio.
Contemplando su gesto, admiramos la libertad interior de un hombre que decide las cosas más grandes frente a Dios y pedimos de poderlo seguir en el mismo camino de responsabilidad y de humildad. Las palabras que nos ha dirigido el miércoles pasado están vivas en nosotros como un don y alimentan nuestro amor a la Iglesia. Estamos seguros de que Cristo guía a su pueblo y la vida de cada uno de nosotros.
Señalo a todos el mensaje que Mons. Massimo Camisasca ha dirigido a la diócesis de Reggio Emilia – Guastalla y el comunicado de prensa difundido por Julián Carrón en ocasión del anuncio de las dimisiones de Benedicto XVI.
Don Paolo Sottopietra
Mensaje a la Diócesis en ocasión del anuncio de la renuncia de Benedicto XVI
11/11/2013
La primera palabra que quiero decir es de agradecimiento a Dios por habernos concedido este Papa, por habernos dado su profundidad intelectual y espiritual, su delicadeza de ánimo, su humildad. Yo personalmente le debo mucho a él. Le estoy agradecido por el afecto que ha demostrado por mi persona.
El anuncio de la renuncia que el Papa ha hecho esta mañana en el Consistorio de Cardenales me llena de silencio y de oración. De silencio porque soy consciente de participar en un gran momento de la historia de la Iglesia. De hecho, ella está marcada sobre todo por la relación de cada hombre con Dios, de la adhesión a su voluntad. El Papa, en la profundidad de su consciencia cristiana, ha percibido que responder hoy a Dios significaba para él retirarse. Es una decisión dramática y, al mismo tiempo – estoy seguro-, trae paz a su alma creyente. Sale así de la escena del gobierno de la Iglesia un gran Papa, que será recordado por muchas razones. A la muerte de Juan Pablo II, después de 27 años de magisterio incisivo y planetario, todos nos preguntábamos: “¿Quién podrá suceder a un Papa así? ¿Quién podrá imprimir con un estilo suyo después de tanta altura de presencia y de palabra? Benedicto XVI, con gran humildad, ha sido capaz de diseñar su propia línea de interpretación de tan gran pontificado. Una línea que ha pasado a través de las catequesis. Él será recordado en los siglos, en mi opinión, como un nuevo León Magno, un nuevo Gregorio Magno, un obispo que ha sabido introducir los cristianos en una visión profunda y sintética de la experiencia de la Iglesia, poniendo en el centro de la misma la liturgia y la oración.
Benedicto XVI ha sido un Papa que ha revelado la caridad como el contenido de la fe. Lo dijo en su mensaje para la Cuaresma y lo ha mostrado con su último acto de gobierno. Él ha expresado lo que es esencial en el cristianismo: el vínculo con la Tradición, la centralidad de la liturgia, la necesidad de la gracia que salva, la superioridad de la vida personal frente a cualquier burocracia o superestructura. Al mismo tiempo, ha hablado a todos los hombres, mostrando la gran estima que tiene el cristianismo por la razón humana y luchando contra todas las reducciones de la misma. El Logos es el corazón del cristianismo: es este el principio que lucha contra cualquier absolutismo político de la religión. Ha puesto continuamente sobre la mesa el tema de la convivencia de los pueblos y las religiones.
Comienza ahora un tiempo de oración en la Iglesia, para que el Espíritu de Dios nos conceda un nuevo Papa que sea capaz de continuar la obra de sus predecesores con las santidad que los papas del siglo XX han sido capaces de encarnar de forma tan admirable.
Carrón: «La increíble libertad de un hombre aferrado por Cristo»
Oficina de prensa de CL Comunicado de prensa
11/02/2013
En relación con el anuncio en que Benedicto XVI renuncia al ministerio petrino, don Julián Carrón, presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación, ha declarado:
«Con este gesto, tan imponente como imprevisto, el Papa da testimonio de una plenitud tal en la relación con Cristo que nos sorprende, pues supone un acto de libertad sin precedentes, que privilegia ante todo el bien de la Iglesia. Así muestra ante todos que está totalmente confiado al designio misterioso de Otro.
¿Quién no desea una libertad como la suya?
El gesto del Papa es un reclamo poderoso para que renunciemos a cualquier seguridad humana, confiando exclusivamente en la fuerza del Espíritu Santo, como si Benedicto XVI nos dijese con las palabras de san Pablo: “Estoy persuadido de que el que ha inaugurado en vosotros esta obra buena, la llevará adelante hasta el Día de Cristo Jesús” (Flp 1,6).
A través del anuncio del Papa, el Señor nos pide que traspasemos toda apariencia, atravesando el entusiasmo humano con el que habíamos saludado la elección de Benedicto XVI y con el que lo hemos seguido en estos ocho años, agradecidos por cada palabra suya.
Con el deseo de vivir la misma experiencia de identificación con Cristo que ha inspirado al Papa este acto histórico para la vida de la Iglesia y del mundo, acogemos también nosotros con libertad y llenos de asombro este gesto extremo de paternidad, realizado por amor a sus hijos. Confíamos su persona a la Virgen para que siga siendo padre, para que siga dando la vida por la obra de Otro, es decir, por la edificación de la Iglesia de Dios.
Unidos a todos los hermanos, junto con Benedicto XVI, pidamos al Espíritu de Cristo que asista a la Iglesia en la elección de un padre que pueda guiarla en un momento histórico tan delicado y decisivo».
fotos: Servicio fotográfico de L’Osservatore Romano
Don Paolo Sottopietra nuevo Superior General
Don Paolo Sottopietra, 45 años, nacido en Stenico en provincia de Trento, es el nuevo Superior General de la Fraternidad de los Misioneros de San Carlos Borromeo. Lo ha elegido la Asamblea General, reunida en San Lazzaro de Savena (Bolonia). Han sido elegidos también el nuevo Vicario General, don Emmanuele Silanos, y los dos consejeros, don Andrea D’Auria e don Domenico Mongiello, que colaborarán activamente con el nuevo superior general.
El nuevo Consejo ha nombrado después el Rector de la Casa de Formación, don Jonah Lynch; el Secretario General, don Matteo Invernizzi; y el tesorero general, don Domenico Mongiello.
Don Sottopietra (una tesis doctoral sobre el pensamiento de Ratzinger en la Universidad de Eichstätt, Alemania) asume la guía de la Fraternidad, después del nombramiento de su fundador Monseñor Massimo Camisasca, consagrado el pasado 7 de Diciembre obispo de Reggio Emilia – Guastalla.
«Nuestra Fraternidad nace para apoyar la misión de la Iglesia en el mundo. Vamos a seguir en la estela de la enseñanza marcada en estos 27 años por Mons. Massimo Camisasca, en aquella experiencia de comunión que hemos aprendido de don Luis Giussani y que se expresa para nosotros en la vida en común en nuestras casas misioneras.
La Fraternidad vive de una savia que le viene de un tronco más antiguo, el movimiento de Comunión y Liberación. Confío – concluye don Sottopietra – mi labor y la obra de toda la Fraternidad en las manos del Santo Padre Benedicto XVI con quien nos reunimos en forma privada el 6 de Febrero».
El Papa ha recibido los 18 sacerdotes, que venían de las misiones (Europa, Asia – Oceanía, Africa, América del Sur, América del Norte y Central) y han participado en las elecciones. En la reunión, además del recién elegido, también estuvieron presentes Mons. Massimo Camisasca y el Presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación, don Julián Carrón.
(foto Ciol)
Dos amigas frente a la verdad
“Cristo Rey Boston High School”. “Hola, ¿podría hablar con el padre Medina?”. “Lamentablemente, está dando clases”. “Está bien, llamaré mañana”. Al día siguiente: “Cristo Rey Boston High School”. “Hola, ¿está disponible el padre Medina?”. “Lo siento, está celebrando la Misa…”.
Ciencia y fe, de hecho. Pero es sólo una cuestión de método: hay que hacer un llamado directo a su anexo. Luego de varios intentos, respondió. “Hola estimado, ¿cómo estás? ¿Una entrevista sobre fe y ciencia? Por supuesto, tengo algo que decir al respecto”.
José Medina, graduado en Ingeniería Civil en Madrid, ordenado sacerdote en Roma, es ahora director de un liceo en Boston. Durante muchos años fue profesor de física. Sí, puede que tenga algo que decir sobre el tema de este mes.
“Cuando llegué a ser sacerdote, el padre Massimo Camisasca me envió a Estados Unidos y me dijo: Yo creo que debes hacerte profesor, pero velo tú. No tenía muchas ganas de volver a estudiar, pero confié y traté de establecer algún tipo de relación en el mundo de la educación. En aquel período resultó fundamental el encuentro con David Schindler. Sus conferencias, además de devolverme las ganas de estudiar, me hicieron conocer a algunos autores, en particular a von Balthasar, que me transmitieron una intuición fulgurante”.
¿De qué intuición se trata?
Que la verdad nunca puede ser agotada, comprendida o abarcada por completo. Esto me impresionó mucho. Además, es una idea muy común entre los científicos, pero no así en la ciencia popular, en la divulgación. Tomemos un ejemplo. La fuerza de gravedad. Se dice que los objetos caen porque existe la gravedad. ¡Es incorrecto! La teoría no es la razón por la que los objetos caen. La razón por la que los objetos caen es un misterio. No la conocemos. La causa del movimiento en su sentido más profundo no es conocida. La gravedad es un gran misterio: sabemos que existe, pero no se sabe por qué existe. Tomemos otro ejemplo: la entropía. La termodinámica nos dice que la naturaleza va hacia el desorden, no hacia el orden, que tiene una capacidad destructiva, nunca constructiva. Entonces ¿El orden, de dónde viene? ¿Cómo se explica esta contradicción?
Por lo tanto, en la enseñanza de la ciencia, la cosa más importante a tener en cuenta es que cada teoría describe, pero no explica. Y cada ciencia tiene, por lo tanto, un aspecto de misterio.
¿No es sólo una cuestión de palabras?
Quién enseña la ciencia debe ser muy preciso en la elección de las palabras que utiliza. Usando palabras equivocadas, uno se arriesga a empobrecer la realidad. Es necesario hacer una simplificación para poder formular una teoría; pero siempre debe ir acompañada de la conciencia de que la realidad es más grande. Cuando Newton dibuja un mundo donde no hay aire, es útil, porque ayuda a entender; pero puede dar la impresión de que lo hemos comprendido todo, y eso no es así. En todo caso, hay una persona a través de la cual entendemos todo esto mejor.
¿Quién es esta persona?
Albert Einstein. Su grandeza fue poner en discusión elementos considerados indiscutibles, como tiempo y espacio. Él rompió el patrón según el cual tiempo y espacio son absolutos. Incluso él después estuvo en peligro de convertirse en un esclavo de su simplificación: para explicar la expansión del universo, no deducible de su teoría, introdujo una constante que hacía cuadrar la cuenta. Pero al final de su vida, reconoció que había sido un error. Einstein es el mayor ejemplo de apertura al misterio de un científico. Es el científico más religioso que ha existido.
¿Qué significa la apertura de la ciencia al misterio?
La ciencia hoy se reduce a tecnología, y por lo tanto, a poder. Una forma de crear cosas o mejorar su utilización. Pero la posición original del científico no es esa, es la siguiente: la de un hombre conmovido frente a la realidad. Es una posición de contemplación, una actitud virginal. Nadie mejor que Einstein expresó esta conmoción, este amor por la realidad tal como es. Se trata de conocer la realidad cada vez más profundamente, sin pretender poseerla. Los problemas surgen cuando se trata a la ciencia (pero también la filosofía, la teología…) como poder y no como conmoción ante la realidad.
¿Y la fe?
Si la ciencia es esta conmoción, fe y razón, teología y ciencia no están en oposición. El Big Bang y la creación nos hablan de lo mismo, aunque sea con un lenguaje distinto. Los mismos dogmas son un entendimiento de que es el hombre frente al misterio. El problema es que la ciencia, entendida como poder, no acepta la compañía de la teología. En cambio, podría aceptarla como una amiga que intenta comprender, junto con ella, la realidad que está frente a ambas. Ellas están originalmente en diálogo: quieren entender más y ayudarse, no quieren ser la una más poderosa que la otra o probar que la otra se ha equivocado. Fe y ciencia van de la mano en una comprensión progresiva del conocimiento de las cosas.
Una imagen hermosa…
Y un hermoso desafío. Pero en ella la ciencia debe reconocer su incapacidad de explicar el por qué, la razón última de las cosas. Es como una barrera extrema, que algunos científicos se niegan a aceptar. Y, al hacerlo, reducen la realidad a su propia explicación.
Resuma los tres principios básicos a recordar.
Uno: el uso de las palabras es crucial. Tenemos que aprender a usar las palabras correctamente.
Dos: el estudio es la contemplación ante el misterio de la realidad.
Tres: la verdad es como una esfera infinita, inagotable. Educar a la realidad quiere decir entrar progresivamente en esta esfera infinita, sin llegar nunca a agotarla.
(photo: eso 1032 L. Calçada)
El tesoro y el barro
«Un tesoro precioso en una vasija de barro». La imagen bíblica de la desproporción total, del bien que se entrega en manos de la fragilidad. El cardenal Carlo Caffarra describía así la ordenación episcopal de monseñor Massimo Camisasca. Y a los pocos minutos, Camisasca, delante de él, se tumbaba en el suelo, con el rostro pegado al pavimento de mármol de San Juan de Letrán, mientras se invocaba la acción del Espíritu sobre él.
Era la vigilia de la Inmaculada, una de las fiestas más queridas para el pueblo de fieles. Durante esta vigilia, en la basílica de San Juan, la catedral de Roma, monseñor Camisasca fue ordenado obispo de Reggio Emilia – Guastalla. La iglesia estaba llena de gente, peregrinos de la diócesis y autoridades civiles, amigos, familias enteras, abuelos y niños. Y «sus» sacerdotes y seminaristas de la Fraternidad de San Carlos, y tantas personas que gracias a su humanidad han descubierto (o reencontrado) la fascinación y el atractivo de Jesucristo.
Un pueblo. Cuatro mil personas de fiesta en la solemnidad de una ceremonia larga pero esencial, acompañada por el canto gregoriano y por el coro de Pippo Molino. Allí todo, desde el silencio y los abrazos al recién llegado por parte de cardenales (Ruini, Vallini, Herranz, Piacenza) y obispos, hasta la conmoción final de Camisasca, todo hablaba de ese tesoro y de ese barro.
«La fe de los sencillos vence a la mentalidad del mundo», repetía el arzobispo de Bolonia a su «querido don Massimo». «Cantad al Señor un himno nuevo porque ha hecho maravillas», entonaba el coro. Y Caffarra decía: «La maravilla realizada por el Señor es su decisión de posar el tesoro de la sucesión apostólica dentro del barro que son los hombres que comparten totalmente la condición de sus hermanos. Es Cristo quien, en el ministerio del obispo, continúa predicando el Evangelio y guiando a su pueblo».
Y «la libertad del hombre es el riesgo que asume Dios». A la llamada uno puede responder con «la desobediencia de la incredulidad o con la obediencia de la fe. Tenemos así la posibilidad de descifrar el enigma de la historia. Dos fuerzas se cruzan, se encuentran y se oponen: la fuerza inherente a la desobediencia de la incredulidad y la fuerza inherente a la obediencia de la fe de María y de los discípulos del Señor».
Don Massimo estaba conmovido, y así se pudo ver al término de la celebración, mientras saludaba a la multitud. «Sólo deseo una cosa: entrar en la voluntad de Dios, en su acción de Padre creador y salvador. Sólo espero una cosa: conocer y dar a conocer al Hijo de Dios. Sólo anhelo una cosa: gozar de la alegría del Espíritu. Os pido que me ayudéis a vivir por esto, y sólo por esto». Dio las gracias al Papa, recordó a sus padres y rememoró «el capítulo intenso, profundo y nunca acabado de mi encuentro con don Luigi Giussani y de mi filiación hacia él. Él fue un gigante de la fe y un profundo conocedor del hombre y del acontecimiento cristiano».
La voz se le quebraba. Y terminó por romperse cuando el nuevo obispo se dirigió a los sacerdotes de la Fraternidad, «la obra a la que he dedicado tantas energías y que me ha beneficiado con consuelos inmensos. Recuerdo uno a uno a mis hermanos, sacerdotes y seminaristas. Ni una brizna de lo que he vivido con vosotros se perderá. Os llevo en mi corazón para la eternidad».
Fuera ya había oscurecido, llovía con fuerza sobre Roma, pero en el claustro del Seminario romano, detrás de la basílica, había una gran fiesta. El obispo de Reggio Emilia quiso saludar a todos, uno a uno, bajo el pórtico. Para él se abre «una nueva etapa» en Reggio Emilia, la ciudad que vio nacer a las Brigadas Rojas, la ciudad del cardenal Ruini y de Romano Prodi, la diócesis donde se encuentra Brescello, «patria» de Pepón y don Camilo. El domingo por la tarde será la entrada solemne. Llegará con una conciencia clara: «Nada se pierde, todo se conserva para la eternidad».
(pubblicato su Huellas.org)
Liturgia 1 / Los primeros rayos del amanecer

Hemos preguntado a nuestros curas qué parte de la santa misa aman más. Esto dio lugar a reflexiones que pueden ayudar a vivir la celebración eucarística. Aquí está la primera, sobre el rito penitencial.
A mi madre le gusta citar a una escritora, Gertrude Stein, muy conocida en Estados Unidos cuando ella era joven. Cuando Gertrude estaba en su lecho de muerte, Alice, su amiga de toda la vida, la interrogó así: «Ahora que has llegado a la última estación, ¿vislumbras tal vez una respuesta?». Irritada, Gertrude contestó: «Alice, y ¿qué diablos es la pregunta? ».
La verdadera tragedia del hombre no está en su incapacidad para articular una respuesta a las preguntas más profundas de la vida, si no en el hecho de que no conoce las preguntas.
Por esta razón, tengo una predilección por el rito penitencial de la santa misa. Sé que es extraño: es un poco como preferir la oscuridad respecto al encenderse de una lámpara. Sin embargo, es justamente en el silencio que sigue a las palabras del sacerdote: «Reconozcamos nuestros pecados», que encontramos el espacio suficiente para que nuestro grito salga, para que nuestra palabra más verdadera se haga presente. Jesús, cuyo nombre significa “Dios salva”, es enviado a nosotros como la respuesta a la pregunta más original de la existencia de todo hombre. Esta pregunta toma la forma de una súplica dirigida al misterio escondido: «¡Sálvame!».
El corazón de nuestro ser es una necesidad de salvación infinitamente profunda y sin embargo normalmente censurada. Cualquier acto, gesto, palabra o propuesta que no comienza con esta conciencia no es plenamente humana, no ha realmente abrazado mi humanidad.
La confesión de los pecados tiene en mí tres efectos al comienzo de la misa: el primero es que me da alegría, porque esta petición ya anuncia la salvación, ya que ninguno de nosotros tendría el coraje de estar delante de una verdad tan devastadora si no está cerca de Aquél que es la Respuesta. En segundo lugar, me devuelve a mi verdadero “yo”, porque yo soy esta exigencia. El tercer efecto es que dirige toda mi pasión y libertad hacia las gracias que están a punto de llegar, en las lecturas y en el sacramento, llenándome de esperanza y de espera.
Hay una cierta magia en los momentos antes del amanecer, cuando los primerísimos rayos de luz traspasan el horizonte. La tinieblas del rito penitencial son las de un amanecer así, que hacen de la misma noche una amiga en lugar de una amenaza, una espera en lugar de una prisión.
(Foto Marcello Vargiu)
Como el chico de la Via Gluck
Te cuento algo que pasó una noche de este verano. Yo había llegado hacía poco a Sadovae y estaba aparcando mi coche delante del edificio en el que se encuentra nuestra iglesia en Palovinnoe. A lo lejos veo a un hombre de unos 60 años. Lo saludo y él responde con un gesto de la mano. Hace algún paso hacia adelante pero enseguida se para y me haces señas de querer hablar conmigo. Me acerco. Era la segunda vez que lo veía, pero ya me parecía un rostro familiar. Me acuerdo. Nos habíamos encontrado dos semanas antes, mientras cortaba el césped en el jardín de mi casa. Está en Palovinnoe desde hace dos años. Se llama Viaceslav y antes habitaba en Novosibirsk, la “capital” de Siberia. Ha decidido vender el apartamento y mudarse aquí a nuestro pueblo, ya que dice que «hay aire limpio y naturaleza». Me ha hecho pensar en el chico de la Calle Gluck… [N.d.T.: “il ragazzo della via Gluck” famosa canción ecologista de A. Celentano de los ‘60].
Viaceslav es ortodoxo y aquella noche me contó que, teniendo él seis años, su abuela, sin decir nada a sus padres, le llevó a la iglesia ortodoxa a recibir el bautismo. Unos diez años más tarde decidió contárselo a sus padres, quienes en cambio le habían educado en el ateísmo más rígido. Ellos se enfadaron mucho por el gesto de la abuela para con su nieto. Pero él, mirándome fijamente a los ojos, me dijo: «Mi abuela hizo bien bautizándome. Le estoy muy agradecido por lo que hizo». Me habló después de un icono plegable que había comprado años atrás en Novosibirsk. Todas las noches, antes de acostarse, enciende siempre una vela y se arrodilla delante de él en oración.
Me cuenta también el intento de confesarse de él y su mujer, después de muchos años de mantenerse al margen de este sacramento. El cura a quien se habían dirigido no les dejó hablar apenas, echándolos de mala manera. Según él, habían cometido demasiados pecados. Pero creo que, tratándose de una confesión de toda una vida, no fue capaz de explicarles que este sacramento exigía un mínimo de preparación. Se ve que a Viaceslav le duele este hecho. «Mi mujer y yo – me cuenta casi conmoviéndose – hemos sido siempre fieles el uno al otro. Mi esposa es mucho más religiosa que yo… ». Entonces me dice con una frescura cristalina: «A veces me parece que la fe es simplemente… la vida». Busca una confirmación en mi mirada que le llega enseguida. «Es muy cierto – le contesto – lo que estás diciendo. Es realmente así». Me mira, sonríe y me dice: «Padre, ¿puedo llamarla así? ¿Me podría confesar con Usted?». Le digo que tenga confianza y se dirija al sacerdote ortodoxo que los domingos celebra la misa en Palovinnoe a las nueve de la mañana. Por si hubiera problemas u otras dificultades lo invito calurosamente a ponerse en contacto conmigo. Antes de alejarse me pregunta si puede entrar en la iglesia. En la puerta está el aviso con los horarios de las misas. «Si no hay éxito con el cura ortodoxo el domingo por la mañana, nos vemos por la tarde para la confesión antes de la santa misa de las 16…». Nos saludamos afectuosamente. Mientras salía, pensé: «Viaceslav, confesión o no, vuelve pronto. Yo también necesito ver tu fe».
Te abrazo, don Massimo.
Tuyo,
Francesco
Novosibirsk, 21 de Junio de 2012
De dónde viene la alegría
El 11 de Octubre comenzó el año de la fe, proclamado por el Papa Benedicto a los cincuenta años de la apertura del Concilio Vaticano II. Fe es una palabra misteriosa, a menudo enterrada bajo una pila de prejuicios, pensamientos, debates. Pedimos a don Paolo Sottopietra, vicario general de la Fraternitá San Carlo, que nos ayude a entenderla mejor. Y a entrar en su profundidad.
¿Qué es la fe?
En el canto XXIV del Paraíso, Dante pone en boca de San Pedro una pregunta: “Esta joya preciosa en la que se basa toda virtud, ¿de dónde te vino?” Y por “joya preciosa” entiende la fe: piedra preciosa y verdadera alegría al mismo tiempo. Esto nos recuerda que creer, vivir la fe, es algo que, ante todo, nos abre de par en par el alma. Es una experiencia que libera, no una experiencia agobiante. Es como encontrar una gema en el propio camino. Así, hablar de la fe es hablar de la posibilidad de la alegría. Y descubrir que puede realmente dárnosla.
¿De dónde viene la alegría?
La alegría viene de la experiencia del don, como algo que se nos da sin que lo merezcamos, sin que siquiera nos lo esperemos. La alegría no viene de algo que hacemos. Pensemos en la gran batalla del Papa contra la tentación de poner la esperanza en lo que el hombre produce, que hace por sí mismo. Contra una concepción del conocimiento como poder. La alegría no está en lo que hacemos. Cuando somos nosotros los protagonistas experimentamos a lo mejor satisfacción, a menudo orgullo, o bien autocomplacencia; pero estas son solo parodias de la alegría.
La alegría viene de un don. Pero ¿qué se nos ha dado? ¿Qué es lo que deseamos más en la vida? Deseamos sabernos y sentirnos amados. Queridos. Así, el año de la fe quiere ante todo recordarnos que Dios es una presencia buena, positiva, amorosa. No es una amenaza ni tampoco un traidor. Es alguien que nos ama. Y nosotros podemos participar de su amor, podemos corresponder.
¿Qué significa descubrir que Dios es una presencia buena?
Significa, ante todo, redescubrir la oración. En la vida de cada día vivir la fe significa buscar una relación con Dios. Y la relación cotidiana con Dios es la oración. La fe se convierte así en deseo de conocer mejor a Jesús y a los santos. De esta manera, podemos también conocernos mejor a nosotros mismos: cuanto más el dialogo con Dios entra en nuestra vida, tanto más nuestro ser florece. Si nuestra alma se abre a Dios, nuestro espíritu, nuestro yo más profundo, se hace más fuerte, más vivo.
¿Cómo vivirá la Fraternità san Carlo este año de la fe?
En primer lugar, queremos prestar atención a lo que el Papa ha dicho y dirá. Queremos seguir el ideal que Benedicto nos indica con esa capacidad magistral suya de ser sencillo cuando habla. El Papa lucha contra la idea de un cielo “cerrado”, de un horizonte asfixiante, en el que no puede haber relación con Dios. Si el cielo está cerrado, las experiencias más profundas del hombre no tienen sentido: no tiene sentido el amor, no tiene sentido la justicia, no tiene sentido la libertad, no tiene sentido la belleza. Solo queda la muerte, la violencia, el absurdo del destino. Y solo queda el intento desesperado del hombre por mantenerse en la cresta de la ola de la historia. Pero el cielo no está cerrado, y el Papa nos invita a redescubrir el Padre exigente y misericordioso que lo habita y desea que los hombres lo amen.
¿Cuál es el corazón del mensaje del Papa? ¿Dónde nos quiere llevar?
A percibir la fe como una llamada. Es esta la experiencia decisiva, sin la cual la fe permanece como algo abstracto. Si no percibimos la existencia de Dios Padre como una llamada a nuestras vidas, que nos reclama personalmente, en las circunstancias cotidianas, la fe será una cuestión marginal. No nos implicará. Todo se juega en la profundidad con la que la llamada del Misterio es acogido por cada uno de nosotros y en la decisión con que respondemos. La fe es una llamada, esto es lo que significa que la fe es un don.
¿Cómo podemos entender si nuestra fe es viva?
Hay una manera sencilla: nuestra fe está viva cuando nuestra esperanza está determinada por el contenido del Credo y no por nuestras capacidades o nuestros éxitos. Los contenidos del Credo, los que rezamos los domingos, a los que nos adherimos con la oración: Dio Padre todopoderoso, Jesús bajado del cielo, crucificado y resucitado, el Espíritu Santo, la Iglesia… si estas cosas son el verdadero horizonte en el que nos movemos todos los días, si son el motor de nuestra esperanza de cada día, entonces la fe es un diálogo vivo. Y genera testimonios conmovedores, incluso delante del misterio del dolor y de la muerte.
Si la fe es un don, ¿sólo cabe esperar que suceda?
Todo es don. Y el hecho mismo de que somos dependientes, que no podemos añadir un solo día a nuestra vida, y en cualquier caso no podemos hacerla eterna, nos lleva a Aquel del que todo viene. Nos lleva a buscar a Dios y, buscándolo, a conocerle.
Cuanto más lo conocemos, con todo, y aquí está la cosa, tanto más la experiencia de la fe se hace exigencia de cambio: de hecho estamos atraídos por la belleza de Dios y también entendemos que a Dios tenemos que responderLe. Esto no debe asustarnos: al contrario, es una posibilidad de paz. Paz en las relaciones, empezando por la relación con nosotros mismos y con las personas que amamos más. Hablo de una paz realista, no mágica; una paz que no olvida las heridas, que no censura el mal; fundada en el perdón, sobre la posibilidad de volver a acoger y volver a empezar. Estas experiencias tan íntimas y personales en realidad son ya el cambio del mundo, empezando por la familia, para ensancharse después en la sociedad.
Si uno desea una fe así, alegre, buena, operosa, ¿qué debe hacer?
Permanecer cerca de los que han despertado en él este deseo. Y ponerse a escuchar lo que dicen, de qué viven. Esto le abrirá un nuevo mundo.
(foto Walt Otto)








