“Tú golpearás sobre la roca”
El sacerdote es un hombre elegido por Dios entre los otros hombres para ser el trámite, a través del tiempo y del espacio, de su misericordia. Pero las modalidades por las cuales la llamada de Dios toma cuerpo son a menudo misteriosas. Obedecen a la fantasía del Espíritu Santo, entrelazándose misteriosamente en la trama concreta de signos, hecha de rostros, circunstancias, gestos y palabras, que constituyen el urdimbre de nuestra existencia.
Así una noche puede suceder que algunas palabras dichas entre bocado y bocado de pizza y un sorbo de cerveza se graben indeleblemente dentro de nosotros y desde este instante empiecen a trabajar, haciendo brotar fuentes escondidas. «Si reflexiono ahora, aquel episodio al comienzo de la cuarta Gimnasio [N.d.T.: corresponde a 3º de ESO en España, 14 años], posee claramente la dinámica, sorprendente e inefable, con la que lo sobrenatural irrumpe y se entrelaza con nuestra historia. Aquella noche de septiembre mi padre me contestó: “Jesús ha dicho: Cuando dos o tres se reúnen en mi nombre, yo estaré en medio de ellos. En GS se nos propone de verificar esta promesa de Jesús y ver si la vida con Él es realmente más bonita”. Eran unas pocas palabras que hubieran podido difuminarse como tantas otras. Y en cambio no. Se pararon, justo como se para un bloque de piedra que rueda abajo por la pendiente, llega abajo en el valle, choca con el fondo y se queda. Cristo, imparable, potente, victorioso, se sirvió de aquellas palabras pronunciadas por mi padre, en el preciso momento en que fueron dichas, para entrar en mi vida y no soltarla ya jamás». Quien habla así es Lorenzo Di Pietro (Varese, 1976) que, junto con Paolo Di Gennaro (Milán, 1978) y a Marco Basile (Messina 1978), será ordenado sacerdote el 26 de Junio por Mons. Mamberti, secretario por la Relaciones con los Estados, en la Basílica de Santa María la Mayor en Roma.
El desafío es justamente este: «Todo debía venir de Cristo y a Cristo volver, amor, estudio, padres y amigos, por lo cual cada pequeño particular debía ser vivido tan solo con la finalidad de verificar aquella enorme pretensión de Cristo». Y así las vacaciones al Alpe de Siusi, los cantos alpinos, la comida en el campo, la guitarra, algún cigarro, los paseos por el parque, todo, pero realmente todo poco a poco «me hicieron por siempre experto del amor de Cristo» hasta secundar, y no obstante – y a través de – las dudas y las rebeliones, la fascinación de aquel encuentro y aceptar su imprevisible pero real presencia, porque realmente «nuestro Dios – continúa Lorenzo – es un Dios celoso que nunca me ha abandonado. Me seguía como hace un padre con su niño mientras aprende a andar. El niño cae muchas veces y el padre, reprimiendo el dolor y la tentación de levantarlo en seguida, espera que se vuelva a levantar, decidiendo intervenir solo cuando se da cuenta de que el niño solo no logra volverse a poner de pie».
Porqué para moverse hace falta tener un punto de partida, para caminar hacía adelante, tener un punto de referencia, una tierra firme, que permite al individuo ir y venir y poder elegir, en fin tener libertad. ¿Cómo descubrir entonces cuál es la voluntad de Dios sobre nosotros? Y ¿cómo adherirnos a ella? En el tiempo, a través de tantas caídas, olvidos y cansancios, poco a poco nacen un punto de vista y un sentimiento nuevo de la vida, que llevan a Lorenzo a pedir de entrar en el seminario de la Fraternitá.
«Por fin me encontraba en un lugar donde la experiencia de Cristo precedía y superaba todas las palabras, todos los discursos. Don Massimo no me había visto hasta entonces, pero era como si me hubiese estado esperando desde hace mucho tiempo. Su acogida desarmante barrió del medio aquel instinto de desafío y de defensa que había experimentado por tanto tiempo. No debía estar a la altura de ninguna expectativa. Al contrario, sorprendentemente, era él mismo que se ponía a mi servicio, al servicio de mi vida y de mi felicidad».
La fascinación de la vida sacerdotal no se aprende y no se puede relatar, pero se ve, se impone. Por esto, el testimonio vivo y concreto de cuantos ya se han adherido al proyecto de vida que Él tiene sobre cada uno de nosotros es decisivo, en cuanto que es capaz de iluminar nuestra respuesta, nuestro “sí”. «Sorprendentemente, encontraba en mi mismo una energía, una leticia, un coraje – confiesa don Paolo Di Gennaro, entonces estudiante de medicina – y una positividad inimaginables dada la situación. En aquel periodo acompañaba a mi madre a las sesiones de quimioterapia, pero me daba cuenta que en el fondo había algo más que estaba llamado a dar. Lo que yo podía dar, cuando se logra, es la salud, pero esto no resuelve todos los problemas. Y fue así que una noche, volviendo a casa, tuve esta intuición: tienes que ser cura para acompañar a la gente».
Esto es el sacerdote, aquel que viviendo un seguimiento y una intimidad con Cristo particulares, está llamado a hacerse compañero de camino de otros hombres y mujeres para ayudarles a crecer y a madurar hasta su altura total. «Enseguida después de la licenciatura, llegó el momento de hacer algo. La única cosa que sabía – continua Paolo – era que en el movimiento había nacido mi vocación y deseaba que el movimiento la educara y la cultivara. Por esto pedí en entrar en la Fraternità san Carlo. Muchas veces en los meses que siguieron me asaltó la duda: echaba a faltar a mis amigos y la profesión médica, por la que había estudiado seis años, y a veces pensaba que a lo mejor me había engañado, pero entrando poco a poco en la vida del seminario me he dado cuenta de que no estaba perdiendo nada. Al contrario, mi vida era cada vez más llena». Es la apuesta del don total de sí mismo, que no es ante todo mortificación ni tan solo renuncia, si no camino hacia el ciento por uno, la plenitud y la satisfacción, a lo largo de la cual se enciende una pasión por todo.
«A medida que se acerca la ordenación – afirma Marco Basile – tengo la certeza de no haber renunciado a nada, si no de haber obtenido todo». Incluso en este caso, el método del encuentro y del diálogo, encarnados en la excepcionalidad de un testigo, se reconfirman decisivos en suscitar le pregunta crucial: ¿realmente Dios tiene que ver con mi humanidad?
«Era la segunda vez que participaba en un encuentro de Comunión y Liberación, aún no tenía 14 años. Un joven carmelita venía con regularidad a Siracusa a encontrarnos y todos hablaban de él con una estima que nunca había visto en unos chicos hacia un cura. Durante el encuentro, de improviso, se gira hacia mi y me pregunta ¿en qué consiste la grandeza del hombre?».
Cada cura, como cada hombre, está reconducido a la cuestión radical: ¿qué es lo que deseo para mí? ¿De qué me espero el bien para mi vida y mi felicidad? ¿Cuáles son los caminos que pueden favorecerla?
«El encuentro con Cristo ha coincidido para mi con este descubrimiento: que había Alguien interesado por mi vida y a su finalidad, porqué la grandeza del hombre es alcanzar el propósito de la vida. Pero ¿cuál es esta finalidad? Los años de bachillerato, y luego los de la universidad, han sido intentos de respuesta a esta pregunta. Y las respuestas se acumulaban: el estudio, los amigos, un buen empleo, una mujer».
El sacerdote no está desprovisto de afectividad. No le está prohibido amar y coger cariño a las personas, de otro modo no podría vivir su vocación. «Para mi aquellos ojos siempre sonrientes empezaban a ser indispensables – cuenta Marco – pero me daba cuenta que con el deseo de volverla a ver, crecía también un sentimiento de falta. ¿Qué significaba amarla? Lo que me impactaba de ella iba más allá de ella misma, era su relación con Cristo. Así he descubierto que deseaba también para mi vida la misma certeza, la misma leticia que solo el encuentro con Cristo puede dar. Hubiera dado la vida por ella, ¿acaso se me pedía de darla por Cristo? Hubiera hecho de todo para abrazarla, ¿se me pedía acaso de abrazar a Cristo, como el cura en la Consagración?». «Este enamoramiento me ha mostrado como merece de ser amado solo Él. Para mi el movimiento de mi mirada de aquella chica hacía el Señor ha sido la más grande e incomprensible gracia recibida en mi vida. Una gracia, porque no se deja de amar a las personas, se las ama más intensamente y libremente, sin agarrarlas».
Dominado por una pasión que lo hace partícipe de todo, atento a todo lo que acontece en el mundo, el sacerdote tiene cuanto le es necesario para ser un hombre plenamente realizado. Encuentra en Cristo el desarrollo de su inteligencia y la plenitud de su vida afectiva. Encuentra la libertad.
El Don de la resurrección
A las puertas de la Pascua Jesús resucita a Lázaro. Aquel gesto explica el tonelaje revolucionario del anuncio que todavía hoy resuena en el mundo: “Quién cree en mi, también si muere, vivirá” (cfr. Jn 11, 25). La muerte, por esto, no es eliminada, sino es vencida.
Después que su madre y José, Jesús no tenía nada más querido que los hermanos María, Marta y Lázaro. Quizá solo Juan tenía en Él el mismo puesto que tenían ellos. No es sin significado el hecho que Jesús elija resucitar justo a Lázaro. El amigo, el más querido amigo. La vida surge de la amistad, es al final amistad. Y esta nacía en Jesús de la pasión por los hombres. San Juan en su evangelio describe así la relación de Jesús frente a la muerte del amigo: “Se conmovió profundamente, después lloró” (Jn 11, 38).
La conmoción de Jesús y la resurrección de Lázaro son para cada uno de nosotros el signo que la vida no acaba. También si somos llamados a pasar a través de la prueba de la enfermedad y de la muerte, estas no son definitivas: la última palabra es que la vida la ha traído Él.
Lázaro ha resucitado para morir aún otra vez. Cristo al contrario resucita para no morir más. La resurrección de Lázaro, en realidad, es solo una prefiguración de la resurrección de Cristo. Es un anticipo, como un don pregustado. A través de esta Cristo nos quiere hacer entender que el don de Su resurrección comienza a transformar nuestra vida presente: ¡ya en nuestra vida presente nosotros resucitamos!
Nuestra vida transformada es Su gloria en medio de los hombres. ¿De qué tenemos necesidad para participar de este don? Es una pregunta importante. Sería verdaderamente terrible poder sentir el anuncio de un gran don y no poder recibirlo. Para que esto sea posible tenemos necesidad de vivir una amistad con Jesús como aquella de Lázaro, Marta y María que custodie el regalo precioso de la fe, que nos pernita renacer, resurgir en cada instante.
Cada día tenemos necesidad de experimentar la resurrección. Cada momento, no obstante las penas y dificultades, nuestra vejez se transforma en juventud de la cual vivimos la experiencia concreta. Nos damos cuenta de ser más verdaderos, más conscientes, más cercanos a las cosas de la vida.
La finalidad de la amistad cristiana, sea cual sea, es transformar la vejez en juventud. “Se nace viejo –ha esrito Jean Guitton– y transcurre toda la vida para llegar a ser joven”. Esta es la razón de una fraternidad, cualquiera que sea. Y es esta juventud, es la experiencia de esta juventud, que permite andar lejos permaneciendo juntos, que permite madurar a una consciencia siempre más grande de la resurrección de Jesús, que es la única gracia que nosotros podemos, debemos y queremos llevar a los hombres. Porque los hombres tienen necesidad solo de esto: saber que la vida no es un pasaje de la nada a la nada, sino que esa es querida por un Dios consciente y amante, por un Padre. Y que este Padre nos acompaña y nos espera.
Fragmento del libro: “Armonia delle stagioni” (Armonía de las estaciones)
foto: Elio Ciol, Il grido di Pasqua (España 1963) – todos los derechos reservados
Tres matrimonios y un bautismo
Querido don Máximo,
He propuesto a los ancianos de la parroquia vernos cada dos jueves. Celebramos la Misa y después rezamos un poco, vamos al centro parroquial y allí charlamos, bromeamos y comemos juntos. Vienen una docena de personas, además de Gao y su hermana, que preparan la comida y hacen el trabajo de secretaría para el grupo. En uno de estos encuentros pedí al Señor Qing (80 años) y a su mujer que contaran la historia de su matrimonio. Lo hice a propósito porque me había enterado a través de Paolo de que no estaban casados por la Iglesia (la mujer ha recibido el Bautismo hace tan sólo un año y medio, después de haberse curado de una enfermedad durante la cual vio en sueños a Jesús que la invitaba a bautizarse). Después he descubierto que muchos ancianos católicos están en esta misma situación porque cuando se casaron eran militares y por una oscura ley de Chiang Kai Shek no podían recibir el sacramento. Aquel día, cuando acabaron su relato, se lo agradecí mucho. Les propuse hacer una fiesta junto con otros ancianos y recibir el sacramento del Matrimonio: ellos, emocionados, han aceptado. Ha sido una verdadera conmoción, que me ha recordado a Bertolina y los dos ancianos siberianos que hacían su viaje de luna de miel volviendo a su casa, a pie, desde la Iglesia de la aldea. Al día siguiente fuimos a casa de la Señora Yang para la oración en familia. Su marido (81 años), medio sordo, no es católico. Mientras charlábamos con ella Gao me susurró al oído que ellos dos tampoco estaban casados por la Iglesia (el marido de la Sra. Yang también es un exmilitar). Entonces les propuse también a ellos que recibieran el sacramento del Matrimonio. La Sra. Yang se quedó sorprendida y, conmovida, dijo que sí. Sin embargo el viejo Qing (también presente…) salió al contraataque y se obstinó en querer convertir al marido de Yang, quien no entendía nada de lo que el otro le estaba diciendo, en parte porque hablan dialectos chinos diferentes, pero sobretodo porque Yang Bei Bei es sordo como una tapia. Entonces el Sr. Qing se puso a su lado y le gritó. Nada que hacer: el otro no oía. Pero el Sr. Qing no cedió, cogió papel y pluma y escribió, con mano lenta y temblorosa, sus caracteres chinos sobre una hoja cualquiera. Mientras, nosotros comíamos, hablábamos y bromeábamos. El viejo Yang leyó la invitación para bautizarse que su casi coetáneo y excompañero de armas le había escrito y, en medio de la incredulidad general, dijo que sí, que quería el Bautismo. Explicó que cuando era joven hubiera querido recibirlo, pero que mientras fue militar nunca tuvo tiempo y después no encontró a nadie que se lo propusiera… hasta que lo hizo el viejo Qing. Por último, hace unos días he descubierto que la maestra Luo (80 años) y su marido (un excoronel del ejército de Chiang) tampoco están casados… así que el 29 de Noviembre celebraremos a nuestro patrón san Francisco Javier y aquel día habrá también tres bodas y un Bautizo: edad media, 80 años…
Un gran abrazo … Lele
PS: ¿le dices tú a Francesco Bertolina que esta vez lo he hecho mejor que él?
A travès del muro – Vincent Nagle
“A través del Muro. Misionero en Tierra Santa” es el título de un breve y fascinante documental centrado en la obra de don Vincent Nagle, un misionero de la Fraternidad de san Carlo Borromeo, originario de California, que partió hacia la tierra de Jesús, en donde es párroco de pequeñas comunidades cristianas de Nablus y Ramallah. Es un documental de Giacomo Prestinari enriquecido con la música de Roland Satterwhite, un músico estadounidense que vive y trabaja en Berlín. Las imágenes nos llevan a las calles y las casas de una tierra, en primer lugar en los medios de comunicación. Junto al protagonista atravesamos más veces el muro de separación querido por Israel, experimentamos que lo que une y supera las divisiones es el sentido de la última escena del video que recorre el último episodio narrado por el evangelista Juan. En la ribera del lago Tiberíades, en donde Pedro fue perdonado por Jesús, después de su traición, don Vincent narra que vivió la misma experiencia: “Incluso delante de las objeciones, incluso frente a la traición más desagradable, permanece una voz incansable que dice: ‘Entonces, tu sígueme”. “A través del Muro” está disponible en DVD en www.dischiespartiti.com y otros sitios de venta en línea.
El signo del perdón
Queridísimo don Máximo,
sé que durante el Meeting de Rimini se ha proyectado repetidas veces “El último puente”. Muchos me han escrito o me han dicho que han visto la película, que la han comprado o que les ha impactado. Entre los protagonistas de la película destaca la bella Hua Liang. Esta familia tiene una relación conmigo. Te cuento de qué forma nació… Hua Liang se trasladó a Taiwan con su marido – aborigen como ella, pero de otra tribu – más o menos en el mismo momento en que yo llegaba a la isla, ya hace casi 3 años. Con ellos estaba también la pequeña Mei Li, que entonces tenía 4 años. Pequeña, pero muy vivaracha. Un domingo, después de un mes escaso de mi llegada a Taiwan, al finalizar la Misa, Mei Li insistió para que la llevase junto con otra niña de la parroquia en bicicleta. Yo la puse detrás y a la otra niña delante, y empecé a dar vueltas por el patio de la parroquia. Las niñas reían felices y la gente que pasaba parecía maravillada por el joven cura extranjero que jugaba con los niños… De improviso, justo cuando me encontraba delante de la estatua de la Virgen que está en nuestro patio, la bici se bloqueó. Yo tuve por un momento la tentación de dar un golpe en seco al pedal, como cuando pierdes la cadena y te quieres asegurar de que no haya manera de volver a arrancar, sin bajar de la bici y ensuciándote las manos… Pero, creo gracias a la Virgen que me puso una mano sobre la cabeza, aquella vez no di el golpe este de pedal en seco. Y me giré. Mei Li que no decía nada, pero su piececito estaba aprisionado entre los radios de la rueda trasera. Empecé a sudar frío. No hablaba (¿en qué idioma hubiera podido hacerlo?). Bajé de la bici e intenté sacar el pié de entre los radios. Sólo entonces Mei Li empezó a quejarse. Le quité el zapatito y vi una herida amplia y que parecía profunda. Yo ya no entendía nada. Atraídos por el aviso de alguien, llegaron corriendo los padres de Mei Li, Li Ming Wen y el señor Chen Guo Fong. Como por milagro el pié salió al primer movimiento de la rueda. El papá y Chen Guo Fong, con Mei Li en brazos, corrieron enseguida hacía el ambulatorio más cercano, y yo detrás de ellos, junto con Hua Liang. Una vez allí sólo pensaba una cosa: si los radios había desgarrado el tendón, Mei Li se quedaría coja para toda la vida. No tenía palabras, la tensión me destruia. Pero cerca de mí estaban Hua Liang y su marido. Los dos me consolaban. ¡Me consolaban! Ellos me consolaban a mí, ¡sin saber aún cual era el alcance de la herida en el pié de su niña! Poco tiempo después, el doctor nos aseguró que el tendón estaba bien. La niña tenía que hacer reposo una semana, pero no había por lo que preocuparse. Me acompañaron a casa, con una sonrisa para mí incomprensible. «¿Cómo hacéis – pensaba- para poderme sonreír así?». Desde entonces fue así cada día. No sé en nombre de qué, pero desde entonces Hua Liang, Li Ming Wen y Mei Li no han escondido nunca una preferencia hacía mi. Hace un año y medio, poco después de su bautizo, Hua Liang se quedó por fin embarazada después de haberlo deseado durante mucho tiempo. Es un varón, ha nacido a mediados de diciembre. La noche de Navidad, después de la Misa, Li Ming Wen anunció cuál será el nombre de su niño: «Chen En, como Xie’ Shen Fu», o sea como Padre Xie’, que soy yo… Habían dicho hacía ya tiempo que pensaban ponerle mi nombre a su hijo, algo que resulta poco habitual entre los chinos. La simple idea me resultaba embarazosa y al mismo tiempo, me llenaba de conmoción y de gratitud. Poco importa que la primera letra no coincida, porque cuando alguien les pregunta: «¿Por qué Chen En?», ellos contestan: «Porque suena bien y es el nombre de Xie’ Shen Fu». Y cuando alguien les pregunta que será su niño de mayor, ambos responden: «Esperamos que sea cura». Hace unos días, mientras hablaba con Li Ming Wen, estaba Mei Li con nosotros. «¡Cómo ha crecido!», le dije. Y él me respondió: «¿Recuerdas qué pequeña era cuando la conociste, cuando se hizo daño con la bicicleta?». «¿Cómo podría olvidarme?». Y él: «Mira, la cicatriz se ve todavía, pero es cada vez más pequeña». Levantó el piececito de Mei Li y me enseñó la marca de la herida: yo no me esperaba que fuese tan grande y que se viese aún tan claramente… probablemente no desaparecerá nunca.
El Señor no anula, no cancela el mal que cometemos, o las tonterías que hacemos. Las marcas quedaran siempre. Él, simplemente, escribe encima otra historia.
Adios y hasta pronto,
Lele
Taipei, 3 Septiembre 2009
La esperanza más allá del llanto
Antes del verano, en uno de los pueblos en los cuales desempeño mi tarea pastoral, murió de forma trágica una joven madre. Se durmió con un cigarrillo encendido y el incendio la asfixió. Dejó tres niños, hijos de tres padres diferentes. Había sido bautizada, junto con su madre, dos años antes. Tenía dentro de sí el fuerte deseo de desintoxicarse del alcohol. Habíamos hablado sobre ello muchas veces, incluso durante los encuentros de catequesis para la preparación del bautismo. Habíamos hablado por teléfono pocos días antes de su muerte: quería saber a qué hora celebraría la misa de la Ascensión.
En la relación con aquella muchacha, que estaba llena de intenciones buenas y sinceras (que se quedaron en eso), surgió en mí la percepción de que el Señor me hacía entrever sus límites para mostrarme los míos propios.
La noticia de su muerte me alcanzó de improviso y lloré. Lloré por el vínculo que se había establecido con ella, en el que también yo me reconocía como mendicante y necesitado. He llorado por sus tres niños. Ellos vivían desde hacía ya dos años en un orfanato a unos doscientos quilómetros de distancia, pero pasaban con ella el verano. El día siguiente fui al pueblo de la mujer con la intención de pasar primero por el orfanato. Durante el viaje tenía previsto comunicar a los niños la terrible noticia. Pero ¿de qué modo? ¿cuándo?
Recé mientras me dirigía al orfanato. Sabía que la directora no les había dicho nada a los pequeños. Ellos tampoco se sorprendieron de que pasase a buscarlos, ya que era el penúltimo día de colegio. La más pequeña, de ocho años, se sentó en el coche y me dijo: “Mamá se alegrará de que lleguemos hoy”. Me quieren mucho y me cuentan sus cosas con libertad. Al cabo de un rato, mientras mirábamos a través de las ventanillas el magnífico paisaje, de un verde intenso por las lluvias continuas, les dije que Dios es grande, que nos ha dado un mundo precioso. Comencé a hablar de la creación, del Creador, ayudándome con preguntas como “¿Quién ha creado todo esto? ¿Quién nos ha creado a nosotros?”
Y poco a poco comencé a hablar de la vida y de la muerte, recordándoles el fallecimiento y los funerales de su abuelo, dos años antes. “¿Dónde está ahora el abuelo? ¿Quién lo sabe?… ¿Se llora en el Paraíso?”.
Había llegado el momento. Paré el coche y les dije que su madre estaba volando hacia el cielo, y que era necesario rezar para ayudarla en aquel vuelo. Intenté hacerles entender que aquello que verían dentro de poco era sólo el cuerpo de su madre: ella había muerto a esta tierra, pero su alma sigue viviendo y algún día, cuando Dios quiera, volveremos a verla.
Después de un largo momento de silencio, durante el cual los niños se miraban entre llantos, la pequeña, llenándome de sorpresa, me dijo: “Mamá ahora está con el abuelo en el Paraíso”. Aquellas palabras explicaban la certeza nacida en ellos: su madre ya no estaba, no podían verla ya, pero estaba viva. Esta certeza les acompañó durante el funeral y en los días siguientes, durante los cuales tuvieron que permanecer en el orfanato, a la espera de que su tía realizase los trámites para la adopción.
Aquella certeza es el mayor don que el Señor me ha hecho en esta circunstancia. Y ha conmovido a todos los que lo han visto. Por ejemplo, una señora del pueblo, amiga de la tía, me ha pedido un billete a Novosibirsk justo mientras estaba devolviendo a los niños al orfanato. “No entiendo cómo es posible que no lloren por su madre”, me dijo maravillada, “yo lloraría sin parar”. Le he contestado que en el corazón de aquellos niños el llanto había sido sustituido por la certeza de la vida eterna y la esperanza, inmensa, de poder volver a ver a su madre en el cielo.
El gran malentendido
El Papa durante las audiencias ha retomado los discursos sobre la Historia de la Iglesia a través del relato de sus santos y maestros mas significativos. El miércoles pasado ha tratado la figura de san Odón, segundo abad de Cluny.
Deseo ofrecer algunas reflexiones, no sobre el contenido, sino sobre el método de estas charlas. Me parece que la preocupación del Papa es la de dejar entrever la dimensión histórica de la verdad. Mostrándonos cómo nace y se afirma dentro de la historia de los hombres, consigue nuestra adhesión a su contenido de forma más convincente que cualquier argumentación abstracta. No es casualidad que el protagonista de estas audiencias sea el monacato medieval. Quizás el ejemplo más clamoroso de qué es lo que tiene que ver la verdad con la historia. Es tan cierto que la verdad es una vida, que genera una historia. Esto es lo que nos han enseñado y nos enseñan los monjes: la verdad ha dado forma a una historia.
Hace falta, sin embargo, prestar atención: nada es más lejano a esto que la religión entendida como “instrumentum regni”. La religión civil, nacida no casualmente dentro de los movimientos de la revolución francesa, es el exactamente lo opuesto al monacato. Esta nace como expresión de un Estado, de un poder político, que desea construir un conjunto de valores religiosos comunes sobre los que fundar después la convivencia civil. Proyecto agudo, ciertamente sagaz, pero que ya no tiene nada que ver con la vida de san Odón de Cluny. Y no es casual que fueran justamente los descendientes de la revolución de 1789 los que transformaran Cluny en una cantera de piedras.
Los monjes se sentían objeto de un amor que «condenaba el pecado y amaba al pecador» y de esta experiencia nació con el tiempo una nueva civilización, como fruto maduro de un árbol. No vivían juntos para cultivar su proyecto de cambiar el mundo, sino que viviendo dentro de la luz traída por Cristo, el mundo alrededor suyo floreció. Éste es también el tema de fondo de la última encíclica, Caritas in Veritate. Si no pudiésemos volver a vivir la experiencia que ha generado una pasión así por el hombre, deberíamos resignarnos a imitar o intentar reproducir aquel amor, pero la copia nacería ya muerta.
El monacato es tan lejano de la fe como “instrumentum regni”, como el capitalismo de la forma de valorar el trabajo en el monasterio, tan lejano como el comunismo de la vida en común de Cluny, como el asistencialismo del cuidado del enfermo en el que se reconoce a Cristo. Hoy los frutos de aquella vida, que han marcado el nacimiento y el desarrollo de la civilización europea, están frente a nosotros como una provocación. Admirándolos, el hombre creyente puede ver el Espíritu en acción y quedar consolado en la fe; mirándolos, el hombre que no cree puede llenarse de curiosidad y quizás dar el gran paso del fruto al árbol que lo ha generado.
[publicado el 7 Septiembre 2009 en “Il Sussidiario”, periódico digital]
Para confirmarnos en nuestra fe
Desde el mes de Noviembre estuve implicado tangencialmente con la visita del Papa en un encuentro con el patriarca Fouad y algunos sacerdotes. Allí se percibía un clima algo tenso cuando se expresó con fuerza la posición de los opositores. La oposición se basaba en el parangón entre la visita de Benedicto XVI y la de Juan Pablo II en el 2000. La visita de Juan Pablo II se había desarrollado en un momento de celebraciones, un momento lleno de esperanza, de manera especial para la comunidad cristiana. El proceso de paz basado en los acuerdos de Oslo, un camino hacia la realización de un estado palestino, había hecho progresos notables. Aunque se encontraba en una fase de estancamiento, existía, y los palestinos sentían que estaban en el camino justo. Además era el Año 2000, aniversario del nacimiento de Cristo, y había una sensación generalizada de que todo pudiese llevar a un periodo de paz y de fraternidad; incluso la comunidad cristiana local había hecho inversiones en el sector del turismo. Aunque los palestinos pensaban que la visita del Papa podía ser monopolizada por los medios israelíes para su propaganda, existía la sensación de que pudiese llevar una nueva esperanza. La visita del Papa era en cierta manera el acmé de esta positividad.
Hoy no se percibe ni una pizca de esta positividad en la comunidad cristiana. En parte por la situación de los palestinos, que ha empeorado en gran medida porque ha desaparecido la idea de un estado palestino, así como por la posición cada vez más intransigente de Israel, con la construcción del muro que separa a las familias, etc. Además de todo esto, y mucho más grave, es el éxodo masivo de la comunidad cristiana como consecuencia de la segunda intifada. Los cristianos son una franca minoría y la esperanza de paz y vuelta a la normalidad ha desaparecido. En espera de la visita del Papa, éste era el pensamiento predominante: “¿Qué es lo que hay que celebrar?” “Israel quiere utilizar la visita del Papa como propaganda para conseguir la aprobación de su planteamiento y usar la presencia del Papa para justificar la política que está llevando a cabo”. En general la opinión hacía esta visita era decididamente negativa. Y luego vino la guerra de Gaza.
Como podéis comprender, desde un punto de vista humano no había motivo para estar alegres por esta visita: pero mis amigos y el patriarca me recordaron enseguida que nosotros empezamos por algo que viene antes. De improviso me sentí lleno de alegría y se me hizo claro que tenía que vivir para saber reconocer a Otro que es mi esperanza. El viaje del Papa tenía este sentido: confirmarme y confirmarnos en nuestra fe. Debía usar este instrumento: “¡Ven, Santo Padre, te estoy esperando!”. ¿Cómo podía transmitirlo a mis feligreses de la parroquia de la ciudad de Nablus bajo asedio?
La comunidad en los últimos 15 años ha pasado de aproximadamente 5000 habitantes a más o menos 600. La ciudad está cerrada desde 2003. Muchos jóvenes han muerto en las calles de esta ciudad, delante de los ojos de todos, pero un número aún mayor de personas ha desaparecido en las cárceles israelíes, sin una sentencia, sólo con una detención sin término. Anhelan ver un signo cualquiera que les haga ver un progreso hacía la libertad. Los periódicos y la televisión decían que el Papa venía sólo para ser amable con los judíos.
Hace más de un mes, en la misa de Pascua, le pedí al cura que vino a cantar (soy capaz de celebrar la misa en árabe, pero cantar aún no puedo) que dijera al final dos palabras sobre la próxima visita papal. Él ha dicho: “Estoy en contra de la visita del Papa y sé que también vosotros lo estáis. Pero él está a punto de llegar y nosotros somos árabes y cristianos, por tanto le tenemos que dar la bienvenida”. Pensé que no sería de gran ayuda.
Desde aquel día, en cada homilía, he pedido tan sólo por la visita del Papa. Por ejemplo: “Cuando Jesús repite la bendición “La paz esté con vosotros” ¿es o no es aquel que nos puede dar la paz?” ¿La paz es tan sólo el resultado de un proceso político o militar o es un don de Dios? La paz viene de Dios y por tanto tenemos necesidad de reconocer este don, necesitamos reconocer a Cristo para compartir el don de la paz con todos. Por tanto debemos ser ayudados en nuestra fe. Necesitamos que el Papa venga”.
Muchos de aquellos que me siguen han sido confortados por estas palabras mías, pero me daba cuenta que muchos, particularmente el consejo pastoral que es muy activo políticamente, no las apreciaron. Su conclusión fue: “Tú no eres palestino y por tanto no puedes entender”. La tensión me hacía sentir dolor de estomago. Temía que nadie acudiera a la misa en Belén. Sin embargo llenamos dos autocares con más de cien personas. En toda la parroquia somos sólo 250. Y mi gente estaba feliz durante la misa, verdaderamente feliz. Han visto realmente que hay algo que viene antes. NO tenemos necesidad de resultados políticos, o de tener éxito en los medios de comunicación, no tenemos necesidad de obtener una victoria militar. Cuando él viene nos hace felices. Y nuestro corazón cambiado hace posible caminar de forma diferente, llevando el don que hemos recibido.
Cuando el Papa estuvo allí entre nosotros, cuando oímos y escuchamos sus palabras de compasión y de sabiduría, cuando fuimos espectadores de su testimonio de fe, la cuestión ya no era lo que hubieran dicho los periódicos, sino de lo que esperaba nuestro corazón. Mientras participaba al lado del Papa de los diversos acontecimientos, no estaba atento a la televisión, sino al corazón del problema. El problema, el nudo de la cuestión era Dios y el hombre cambiado en el encuentro con Cristo; y el hombre cambiado por este encuentro puede construir un mundo más humano. Al comienzo de su discurso a la comunidad cristiana de Jerusalén dijo estas palabras: “Cristo ha resucitado, aleluya”. Se ha tenido que parar por el largo aplauso que acogió esta declaración. Luego continuó diciendo: “La comunidad cristiana de esta ciudad debe agarrarse firmemente a la esperanza entregada por el evangelio aclamando la promesa de la definitiva victoria de Cristo sobre la muerte y sobre el pecado, dando testimonio de la potencia del perdón”.
En Belén ha dicho a los cristianos que Cristo ha traído un reino que no es de este mundo, pero un reino que es capaz de cambiar este mundo, porque tiene el poder de cambiar el corazón, de iluminar la inteligencia y de reforzar la voluntad”. Al Presidente Abbas le ha dicho: “No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón”. Al presidente Pérez: “La seguridad es un problema de confianza, se alimenta de la justicia y de la integridad y se cimentada por la conversión del corazón, que nos estimula a mirar al otro a los ojos para poder reconocerlo como mi semejante, mi hermano, mi hermana”.
Quizás la gente no sabía que esperaba la visita del Papa, pero cuando ha venido han entendido que había venido para ellos. Esto se me hecho evidente en la Misa en Nazareth, que ha sido un verdadero record de participantes cristianos en Tierra Santa. La gente para lograr tener un lugar antes de que la policía cerrase las puertas, se ha quedado despierta toda la noche y el sol ya quemaba. No obstante cuando, después de la comunión, -que para muchas personas fue un momento de dolor porque no pudieron recibirla-, cuando se pidió de mantener un minuto de silencio para agradecer a Dios la comunión obtenida a través de su Hijo, aconteció un milagro. En medio de aquella muchedumbre enorme bajó el silencio, y se logró escuchar el canto de los pájaros, incluso de los pájaros que cantaban lejos de allí. Ninguna otra cosa. Fue signo de que después de todo el ruido, la tensión, el escepticismo, las criticas y las discusiones estábamos al final simplemente agradecidos por esta comunión. Y cuando en la vida uno encuentra una verdadera gratitud, está nuevamente listo para recomenzar, para partir de nuevo.
Meditaciones sobra la Salve
Salve Regina; Dios te salve, Reina.
La oración comienza con un saludo, como el Ave María. El ángel no tenía necesidad de ganarse la benevolencia de María, pero nosotros sí. Por eso, él dice “Dios te salve, María”, y nosotros “Dios te salve, Reina”. Es una incomprensible búsqueda de la benevolencia. Y María de buen grado se deja llamar Reina, porque todo esto le recuerda la realeza de su Hijo. Cuando escucho las letanías lauretanas cuya música compuso Mozart, me parece notar en aquel “Regina”, que es una explosión firme y dulcísima al mismo tiempo, las voces suplicantes de los hombres y mujeres que recurren a Ella, porque ella lo puede todo. Su realeza deriva de la realeza del Hijo, que está sentado a la derecha de Dios.
La realeza de María es conmemorada en el bellísimo mosaico de Santa María en Trastevere. Jesús corona y abraza a María. Se sientan uno junto a otro, en el mismo trono. María participa de la realeza de Jesús. Al mismo tiempo es una madre, tiene el corazón marcado por la compasión hacia sus hijos, compasión que es la misma que ha tenido por su Hijo. Quiere que sus hijos participen de la misma gloria de su Hijo.
“Madre de misericordia”
Después la invocamos como madre.
Es el nombre más importante que podemos colocar junto a María, más importante aún que el de Virgen, el de Inmaculada, el de Reina o el de Asunta al Cielo. Todo esto lo es en vista o por razón de su divina maternidad. Madre de Dios, por esto es madre de misericordia. Dios es misericordia, y ha enviado a su Hijo para revelarlo a todo el mundo, a todos los hombres. Ella es, por tanto, la madre de Aquél que es misericordia (“El nombre de la misericordia es Jesús”, escribió Juan Pablo II en la Dives in Misericordia), es ella la que nos obtiene el perdón de los pecados y las gracias necesarias.
“Vida, dulzura y esperanza nuestra”.
Debemos pensar en María como madre de Jesús, como aquella que nos ha dado y nos da continuamente a Jesús. Ella es, pues, la vida, porque ha llevado en su seno a aquel que es la vida y nos lo ha dado a todos nosotros. Es la dulzura porque Jesús es la dulzura. “Iesu dulcis memoria… sed super mel et omnia… nihil cogitatur dulcius”.
Y es la esperanza, porque nos trae a Aquel que es la esperanza. Giussani ha comentado maravillosamente: tú eres la certeza de nuestra esperanza. “Tu amor por nosotros y por tu Hijo nos da la certeza de que nos darás siempre a tu Hijo y siempre nos arrancarás del mal”.
“A ti recurrimos los desterrados hijos de Eva, a ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas”.
La mirada de la oración de María se vuelve ahora a los hombres, a nosotros. Y nos considera bajo dos aspectos: hijos de Eva, y desterrados. Hijos de Eva, esto es, marcados por el pecado original y, por tanto, por los pecados. Estamos marcados por mil heridas, débiles, desorientados, como “ovejas sin pastor”, lejos de la verdad y del bien, lejos de la patria y, por tanto, desterrados. Nuestro mal se convierte en grito, suspiro, invocación. Nuestros suspiros se mezclan con las lágrimas y los gemidos. ¡Qué realista es este pasaje de la oración!
Valle de lágrimas, así es llamado este mundo, esta vida, casi un nombre geográfico y, al mismo tiempo, espiritual.
Deberíamos traducir: valle de las lágrimas, valle marcado por las lágrimas. Las lágrimas son la característica más destacada de esta vida: lágrimas de angustia, de miedo, lágrimas de quien ha sido abandonado, maltratado, burlado, golpeado, forzado, lágrimas de quien no tiene ya a nadie, de quien tiene hambre, de quien tiene frío, de quien ha sufrido la injusticia. Las lágrimas se convierten en invocación de liberación, de rescate. Se entra así en la realidad de las bienaventuranzas: “Bienaventurados los que lloráis”.
“Ea, pues, Señora abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos”.
La oración se vuelve ahora a María llamándola abogada. También el Espíritu Santo es llamado abogado en el Evangelio de Juan. Es abogado de Jesús ante el Padre, nuestro abogado ante el Pare. Así sucede con María: ella interviene en nuestro favor para cambiar, para alejar de nosotros la justa ira del Padre. Como en toda buena familia, la madre suplica al padre que no sea demasiado duro con los hijos. Saca del padre aquel lado misericordioso que él ya tiene dentro de sí, pero se ve acentuado por el afecto de la madre por los hijos.
Por estas palabras se ve cuánto meditó Dante la Salve. Los ojos de María, vueltos primero hacia el Padre para suplicarle, se vuelven ahora hacia nosotros, para darnos la certeza de su asistencia, de su perdón, de su afecto. Como en Dante, es un triángulo de afectos, en cuyo centro están los ojos y el corazón de María.
“Muéstranos, después de este destierro, a Jesús, fruto bendito de tu vientre. Oh, clementísima; oh, piadosa; oh, dulce virgen María”.
Hay un punto hacia el cual tiende toda la oración, como una flecha hacia su objetivo: mostrarnos a Jesús. La Salve es como una invocación a María para que nos muestre a Jesús. María, desde siempre ha sido vista por el pueblo como aquella que trae a Jesús, que nos señala a Jesús, que revela a Jesús.
Igual que lo engendró en un tiempo, fruto bendito de su vientre, así ahora lo engendra en quien se lo pide, para hacernos salir de nuestro exilio.
Oracion y ayuno
El tiempo cuaresmal es tiempo de oración y vigilancia.
La oración cristiana es una sola: «Venga tu Reino» (Mt 6, 10), «Ven Señor Jesús» (Ap 22, 20). La espera de Cristo consiste en el grito: «Que se cumpla lo que ha comenzado entre nosotros» (Fil 1, 6). Es el deseo de que se manifieste más cumplidamente, de modo más verdadero para nosotros y para los demás, lo que Él ha iniciado: la edificación de su Iglesia.
La oración es también petición a Dios de cosas justas, dice Santo Tomas, pero es verdadera sólo dentro de la espera de su Reino, de su cumplimiento, de la manifestación más profunda de aquello que ha empezado entre nosotros. La oración debe ser el corazón del tiempo que pasa: es una mirada al pasado (memoria de la Alianza) y al futuro (deseo que la Alianza se cumpla) vividos en el presente. Por esto el grito cuaresmal es: “Señor, conviértenos, no nos dejes a nuestra merced, concédenos de gozar del fruto de la semilla que tu has sembrado”.
El ayuno es necesario, porque es el desapego en su forma más concreta: uno quisiera comer y no come, quisiera correr y anda despacio, quisiera abrazar y se abstiene. Él nos hiere en nuestra naturaleza, porque la naturaleza humana desea una relación con las personas y con las cosas, olvidándose de que la relación exhaustiva es con el Señor. La tendencia al cumplimiento y al agotamiento en las cosas, en lo que inmediatamente nos provoca, nos lleva a ser poseídos por las cosas; ésta es la idolatría: lo que debería ser camino a Dios se convierte en dios.
El ayuno es la paradoja de la vida cristiana: quien se pierde, se reencuentra en su concreción (ver Mt 10, 39). La mortificación en la relación con las cosas o con las personas permite entrever en ellas la Presencia verdadera y exhaustiva (ver. 2 Cor 7).







