El signo del perdón
Publicado por Emmanuele Silanos el 23 f 2009 ·
Queridísimo don Máximo,
sé que durante el Meeting de Rimini se ha proyectado repetidas veces “El último puente”. Muchos me han escrito o me han dicho que han visto la película, que la han comprado o que les ha impactado. Entre los protagonistas de la película destaca la bella Hua Liang. Esta familia tiene una relación conmigo. Te cuento de qué forma nació… Hua Liang se trasladó a Taiwan con su marido – aborigen como ella, pero de otra tribu – más o menos en el mismo momento en que yo llegaba a la isla, ya hace casi 3 años. Con ellos estaba también la pequeña Mei Li, que entonces tenía 4 años. Pequeña, pero muy vivaracha. Un domingo, después de un mes escaso de mi llegada a Taiwan, al finalizar la Misa, Mei Li insistió para que la llevase junto con otra niña de la parroquia en bicicleta. Yo la puse detrás y a la otra niña delante, y empecé a dar vueltas por el patio de la parroquia. Las niñas reían felices y la gente que pasaba parecía maravillada por el joven cura extranjero que jugaba con los niños… De improviso, justo cuando me encontraba delante de la estatua de la Virgen que está en nuestro patio, la bici se bloqueó. Yo tuve por un momento la tentación de dar un golpe en seco al pedal, como cuando pierdes la cadena y te quieres asegurar de que no haya manera de volver a arrancar, sin bajar de la bici y ensuciándote las manos… Pero, creo gracias a la Virgen que me puso una mano sobre la cabeza, aquella vez no di el golpe este de pedal en seco. Y me giré. Mei Li que no decía nada, pero su piececito estaba aprisionado entre los radios de la rueda trasera. Empecé a sudar frío. No hablaba (¿en qué idioma hubiera podido hacerlo?). Bajé de la bici e intenté sacar el pié de entre los radios. Sólo entonces Mei Li empezó a quejarse. Le quité el zapatito y vi una herida amplia y que parecía profunda. Yo ya no entendía nada. Atraídos por el aviso de alguien, llegaron corriendo los padres de Mei Li, Li Ming Wen y el señor Chen Guo Fong. Como por milagro el pié salió al primer movimiento de la rueda. El papá y Chen Guo Fong, con Mei Li en brazos, corrieron enseguida hacía el ambulatorio más cercano, y yo detrás de ellos, junto con Hua Liang. Una vez allí sólo pensaba una cosa: si los radios había desgarrado el tendón, Mei Li se quedaría coja para toda la vida. No tenía palabras, la tensión me destruia. Pero cerca de mí estaban Hua Liang y su marido. Los dos me consolaban. ¡Me consolaban! Ellos me consolaban a mí, ¡sin saber aún cual era el alcance de la herida en el pié de su niña! Poco tiempo después, el doctor nos aseguró que el tendón estaba bien. La niña tenía que hacer reposo una semana, pero no había por lo que preocuparse. Me acompañaron a casa, con una sonrisa para mí incomprensible. «¿Cómo hacéis – pensaba- para poderme sonreír así?». Desde entonces fue así cada día. No sé en nombre de qué, pero desde entonces Hua Liang, Li Ming Wen y Mei Li no han escondido nunca una preferencia hacía mi. Hace un año y medio, poco después de su bautizo, Hua Liang se quedó por fin embarazada después de haberlo deseado durante mucho tiempo. Es un varón, ha nacido a mediados de diciembre. La noche de Navidad, después de la Misa, Li Ming Wen anunció cuál será el nombre de su niño: «Chen En, como Xie’ Shen Fu», o sea como Padre Xie’, que soy yo… Habían dicho hacía ya tiempo que pensaban ponerle mi nombre a su hijo, algo que resulta poco habitual entre los chinos. La simple idea me resultaba embarazosa y al mismo tiempo, me llenaba de conmoción y de gratitud. Poco importa que la primera letra no coincida, porque cuando alguien les pregunta: «¿Por qué Chen En?», ellos contestan: «Porque suena bien y es el nombre de Xie’ Shen Fu». Y cuando alguien les pregunta que será su niño de mayor, ambos responden: «Esperamos que sea cura». Hace unos días, mientras hablaba con Li Ming Wen, estaba Mei Li con nosotros. «¡Cómo ha crecido!», le dije. Y él me respondió: «¿Recuerdas qué pequeña era cuando la conociste, cuando se hizo daño con la bicicleta?». «¿Cómo podría olvidarme?». Y él: «Mira, la cicatriz se ve todavía, pero es cada vez más pequeña». Levantó el piececito de Mei Li y me enseñó la marca de la herida: yo no me esperaba que fuese tan grande y que se viese aún tan claramente… probablemente no desaparecerá nunca.
El Señor no anula, no cancela el mal que cometemos, o las tonterías que hacemos. Las marcas quedaran siempre. Él, simplemente, escribe encima otra historia.
Adios y hasta pronto,
Lele
Taipei, 3 Septiembre 2009







