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El Don de la resurrección

Publicado por Massimo Camisasca el 6 f 2010 ·  

E0670_ElioCiolA las puertas de la Pascua Jesús resucita a Lázaro. Aquel gesto explica el tonelaje revolucionario del anuncio que todavía hoy resuena en el mundo: “Quién cree en mi, también si muere, vivirá” (cfr. Jn 11, 25). La muerte, por esto, no es eliminada, sino es vencida.
Después que su madre y José, Jesús no tenía nada más querido que los hermanos María, Marta y Lázaro. Quizá solo Juan tenía en Él el mismo puesto que tenían ellos. No es sin significado el hecho que Jesús elija resucitar justo a Lázaro. El amigo, el más querido amigo. La vida surge de la amistad, es al final amistad. Y esta nacía en Jesús de la pasión por los hombres. San Juan en su evangelio describe así la relación de Jesús frente a la muerte del amigo: “Se conmovió profundamente, después lloró” (Jn 11, 38).
La conmoción de Jesús y la resurrección de Lázaro son para cada uno de nosotros el signo que la vida no acaba. También si somos llamados a pasar a través de la prueba de la enfermedad y de la muerte, estas no son definitivas: la última palabra es que la vida la ha traído Él.
Lázaro ha resucitado para morir aún otra vez. Cristo al contrario resucita para no morir más. La resurrección de Lázaro, en realidad, es solo una prefiguración de la resurrección de Cristo. Es un anticipo, como un don pregustado. A través de esta Cristo nos quiere hacer entender que el don de Su resurrección comienza a transformar nuestra vida presente: ¡ya en nuestra vida presente nosotros resucitamos!
Nuestra vida transformada es Su gloria en medio de los hombres. ¿De qué tenemos necesidad para participar de este don? Es una pregunta importante. Sería verdaderamente terrible poder sentir el anuncio de un gran don y no poder recibirlo. Para que esto sea posible tenemos necesidad de vivir una amistad con Jesús como aquella de Lázaro, Marta y María que custodie el regalo precioso de la fe, que nos pernita renacer, resurgir en cada instante.
Cada día tenemos necesidad de experimentar la resurrección. Cada momento, no obstante las penas y dificultades, nuestra vejez se transforma en juventud de la cual vivimos la experiencia concreta. Nos damos cuenta de ser más verdaderos, más conscientes, más cercanos a las cosas de la vida.
La finalidad de la amistad cristiana, sea cual sea, es transformar la vejez en juventud. “Se nace viejo –ha esrito Jean Guitton– y transcurre toda la vida para llegar a ser joven”. Esta es la razón de una fraternidad, cualquiera que sea. Y es esta juventud, es la experiencia de esta juventud, que permite andar lejos permaneciendo juntos, que permite madurar a una consciencia siempre más grande de la resurrección de Jesús, que es la única gracia que nosotros podemos, debemos y queremos llevar a los hombres. Porque los hombres tienen necesidad solo de esto: saber que la vida no es un pasaje de la nada a la nada, sino que esa es querida por un Dios consciente y amante, por un Padre. Y que este Padre nos acompaña y nos espera.

Fragmento del libro: “Armonia delle stagioni” (Armonía de las estaciones)

foto: Elio Ciol, Il grido di Pasqua (España 1963) – todos los derechos reservados

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