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“Tú golpearás sobre la roca”

Publicado por Benedetta Neri el 5 f 2010 ·  

Oulx_1211El sacerdote es un hombre elegido por Dios entre los otros hombres para ser el trámite, a través del tiempo y del espacio, de su misericordia. Pero las modalidades por las cuales la llamada de Dios toma cuerpo son a menudo misteriosas. Obedecen a la fantasía del Espíritu Santo, entrelazándose misteriosamente en la trama concreta de signos, hecha de rostros, circunstancias, gestos y palabras, que constituyen el urdimbre de nuestra existencia.

Así una noche puede suceder que algunas palabras dichas entre bocado y bocado de pizza y un sorbo de cerveza se graben indeleblemente dentro de nosotros y desde este instante empiecen a trabajar, haciendo brotar fuentes escondidas. «Si reflexiono ahora, aquel episodio al comienzo de la cuarta Gimnasio [N.d.T.: corresponde a 3º de ESO en España, 14 años], posee claramente la dinámica, sorprendente e inefable, con la que lo sobrenatural irrumpe y se entrelaza con nuestra historia. Aquella noche de septiembre mi padre me contestó: “Jesús ha dicho: Cuando dos o tres se reúnen en mi nombre, yo estaré en medio de ellos. En GS se nos propone de verificar esta promesa de Jesús y ver si la vida con Él es realmente más bonita”. Eran unas pocas palabras que hubieran podido difuminarse como tantas otras. Y en cambio no. Se pararon, justo como se para un bloque de piedra que rueda abajo por la pendiente, llega abajo en  el valle, choca con el fondo y se queda. Cristo, imparable, potente, victorioso, se sirvió de aquellas palabras pronunciadas por mi padre, en el preciso momento en que fueron dichas, para entrar en mi vida y no soltarla ya jamás». Quien habla así es Lorenzo Di Pietro (Varese, 1976) que, junto con Paolo Di Gennaro (Milán, 1978) y a Marco Basile (Messina 1978), será ordenado sacerdote el 26 de Junio por Mons. Mamberti, secretario por la Relaciones con los Estados, en la Basílica de Santa María la Mayor en Roma.

El desafío es justamente este: «Todo debía venir de Cristo y a Cristo volver, amor, estudio, padres y amigos, por lo cual cada pequeño particular debía ser vivido tan solo con la finalidad de verificar aquella enorme pretensión de Cristo». Y así las vacaciones al Alpe de Siusi, los cantos alpinos, la comida en el campo, la guitarra, algún cigarro, los paseos por el parque, todo, pero realmente todo poco a poco «me hicieron por siempre experto del amor de Cristo» hasta secundar, y no obstante – y a través de – las dudas y las rebeliones, la fascinación de aquel encuentro y aceptar su imprevisible pero real presencia, porque realmente «nuestro Dios – continúa Lorenzo – es un Dios celoso que nunca me ha abandonado. Me seguía como hace un padre con su niño mientras aprende a andar. El niño cae muchas veces y el padre, reprimiendo el dolor y la tentación de levantarlo en seguida, espera que se vuelva a levantar, decidiendo intervenir solo cuando se da cuenta de que el niño solo no logra volverse a poner de pie».

Porqué para moverse hace falta tener un punto de partida, para caminar hacía adelante, tener un punto de referencia, una tierra firme, que permite al individuo ir y venir y  poder elegir, en fin tener libertad. ¿Cómo descubrir entonces cuál es la voluntad de Dios sobre nosotros? Y ¿cómo adherirnos a ella?  En el tiempo, a través de tantas caídas, olvidos y cansancios, poco a poco nacen un punto de vista y un sentimiento nuevo de la vida, que llevan a Lorenzo a pedir de entrar en el seminario de la Fraternitá.

«Por fin me encontraba en un lugar donde la experiencia de Cristo precedía y superaba todas las palabras, todos los discursos. Don Massimo no me había visto hasta entonces, pero era como si me hubiese estado esperando desde hace mucho tiempo. Su acogida desarmante barrió del medio aquel instinto de desafío y de defensa que había experimentado por tanto tiempo. No debía estar a la altura de ninguna expectativa. Al contrario, sorprendentemente, era él mismo que se ponía a mi servicio, al servicio de mi vida y de mi felicidad».

La fascinación de la vida sacerdotal no se aprende y no se puede relatar, pero se ve, se impone. Por esto, el testimonio vivo y concreto de cuantos ya se han adherido al proyecto de vida que Él tiene sobre cada uno de nosotros es decisivo, en cuanto que es capaz de iluminar nuestra respuesta, nuestro “sí”. «Sorprendentemente, encontraba en mi mismo una energía, una leticia, un coraje – confiesa don Paolo Di Gennaro, entonces estudiante de medicina – y una positividad inimaginables dada la situación. En aquel periodo acompañaba a mi madre a las sesiones de quimioterapia, pero me daba cuenta que en el fondo había algo más que estaba llamado a dar. Lo que yo podía dar, cuando se logra, es la salud, pero esto no resuelve todos los problemas. Y fue así que una noche, volviendo a casa, tuve esta intuición: tienes que ser cura para acompañar a la gente».

Esto es el sacerdote, aquel que viviendo un seguimiento y una intimidad con Cristo particulares, está llamado a hacerse compañero de camino de otros hombres y mujeres para ayudarles a crecer y a madurar hasta su altura total. «Enseguida después de la licenciatura, llegó el momento de hacer algo. La única cosa que sabía – continua Paolo – era que en el movimiento había nacido mi vocación y deseaba que el movimiento la educara y la cultivara. Por esto pedí en entrar en la Fraternità san Carlo. Muchas veces en los meses que siguieron me asaltó la duda: echaba a faltar a mis amigos y la profesión médica, por la que había estudiado seis años, y a veces pensaba que a lo mejor me había engañado, pero entrando poco a poco en la vida del seminario me he dado cuenta de que no estaba perdiendo nada. Al contrario, mi vida era cada vez más llena». Es la apuesta del don total de sí mismo, que no es ante todo mortificación ni tan solo renuncia, si no camino hacia el ciento por uno, la plenitud y la satisfacción, a lo largo de la cual se enciende una pasión por todo.

«A medida que se acerca la ordenación – afirma Marco Basile – tengo la certeza de no haber renunciado a nada, si no de haber obtenido todo». Incluso en este caso, el método del encuentro y del diálogo, encarnados en la excepcionalidad de un testigo, se reconfirman decisivos en suscitar le pregunta crucial: ¿realmente Dios tiene que ver con mi humanidad?

«Era la segunda vez que participaba en un encuentro de Comunión y Liberación, aún no tenía 14 años. Un joven carmelita venía con regularidad a Siracusa a encontrarnos y todos hablaban de él con una estima que nunca había visto en unos chicos hacia un cura. Durante el encuentro, de improviso, se gira hacia mi y me pregunta ¿en qué consiste la grandeza del hombre?».

Cada cura, como cada hombre, está reconducido a la cuestión radical: ¿qué es lo que deseo para mí? ¿De qué me espero el bien para mi vida y mi felicidad? ¿Cuáles son los caminos que pueden favorecerla?

«El encuentro con Cristo ha coincidido para mi con este descubrimiento: que había Alguien interesado por mi vida y a su finalidad, porqué la grandeza del hombre es alcanzar el propósito de la vida. Pero ¿cuál es esta finalidad? Los años de bachillerato, y luego los de la universidad, han sido intentos de respuesta a esta pregunta. Y las respuestas se acumulaban: el estudio, los amigos, un buen empleo, una mujer».

El sacerdote no está desprovisto de afectividad. No le está prohibido amar y coger cariño a las personas, de otro modo no podría vivir su vocación. «Para mi aquellos ojos siempre sonrientes empezaban a ser indispensables – cuenta Marco – pero me daba cuenta que con el deseo de volverla a ver, crecía también un sentimiento de falta. ¿Qué significaba amarla? Lo que me impactaba de ella iba más allá de ella misma, era su relación con Cristo. Así he descubierto que deseaba también para mi vida la misma certeza, la misma leticia que solo el encuentro con Cristo puede dar. Hubiera dado la vida por ella, ¿acaso se me pedía de darla por Cristo? Hubiera hecho de todo para abrazarla, ¿se me pedía acaso de abrazar a Cristo, como el cura en la Consagración?». «Este enamoramiento me ha mostrado como merece de ser amado solo Él. Para mi el movimiento de mi mirada de aquella chica hacía el Señor ha sido la más grande e incomprensible gracia recibida en mi vida. Una gracia, porque no se deja de amar a las personas, se las ama más intensamente y libremente, sin agarrarlas».

Dominado por una pasión que lo hace partícipe de todo, atento a todo lo que acontece en el mundo, el sacerdote tiene cuanto le es necesario para ser un hombre plenamente realizado. Encuentra en Cristo el desarrollo de su inteligencia y la plenitud de su vida afectiva. Encuentra la libertad.

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